Tíbet, sonrisas en el exilio

En pleno siglo XXI, el Tíbet se ha transformado en un concepto que transmite ciertos valores, a pesar de que, finalmente, para el gran público Tíbet es igual a budismo.

Han pasado más de diez años desde que visité por primera vez algunos campos de refugiados tibetanos en el norte de la India, exactamente en Dharamsala, Darjeeling, Pelling, Kalimpong y la semi-autónoma Sikkim.

Era mi primer contacto con una realidad antes desconocida para mi, acostumbrado a una imagen del Tibet idílica y mítica surgida de la mano de viajeros como Alexandra David Neel (quien tuvo gran amistad con el Rey de Sikkim y el XIII Dalai- Lama), Nain Singh, Francis Younghusband o el ruso Nicolas Roerich. Estas figuras me fascinaban (lo siguen haciendo) y me incitaron a la aventura y los viajes, vibraba con sus peripecias para entrar en la ciudad sagrada de Lhasa, la búsqueda del Shambala a través de las desérticas estepas o las dificultades a las que se enfrentaban para cartografiar la inhóspita y desconocida geografía tibetana. Aquel encuentro con el otro (como define Ryszard Kapuściński) me iba a cambiar la vida por completo. Sumergido en las viejas leyendas de los grandes personajes como Milarepa, el Lama Tsong Kapa, el Guru Rimpoche o el rey Gesar de Ling me había acercado a la idea de un pueblo místico en busca de la iluminación.

 

El esplendor previo a la Revolución Cultural cautivó a fieles y curiosos, todavía como un pasaje inaccesible al viajero. También Kim de Kypling acercó al lector occidental a conceptos puramente orientales como era la aventura de un Lama en busca del río donde brota la sabiduría de la iluminación.
Algunos vieron inclusive vinculaciones entre el budismo y el druidismo de Inglaterra, como el mismísimo Orígenes. Es posible que emisarios del rey Asoka fueran enviados a Inglaterra para entrar en contacto con el culto solar de los druidas. Mitos como el del Shambala, tan vinculado a la gran epopeya tibetana del Rey Gesar, (la más grandiosa de la humanidad), nos habla de que los tibetanos y mongoles estuvieron como guardianes de la superficie terrestre de las entradas subterráneasde Agarthi y Shamballah, refugio de los grandes guías hiperbóreos. Pero eso no es todo y hay quién vincula algunos ritos tibetanos con costumbres vascas, como nos muestra Fernandez Sanchez Dragó en su obra Gárgoris y Hábidis :

Aún hoy los vascos abren ventanas o quitan tejas cuando alguien muere en su casa. Todo esto recuerda los rituales escatológicos de los lamas tibetanos, que al velar a los moribundos, y con objeto de que el alma no quede aprisionada en su cárcel corporal, recitan el Bardo Todol o Libro de los muertos (lo cual garantiza de oir sí el sosiego del tránsito) y después perforan el cráneo del agonizante profiriendo un berrido ultrasónico de insoportable agudeza que actúa como un rayo laser. Los grandes iniciados del lamaísmo conocen esa técnica.
Para más tarde preguntarse: ¿No se percibe aquí un reflejo de la doctrina budista e hinduista sobre el karma o deuda espiritual acumulada por los quehaceres terrenos que cada ser vivo debe saldar antes de ascender a formas superiores de existencia?

A final de los años sesenta, la revolución psicodélica y los libros de T.Lobsang Rampa siguieron el legado místico que rodea todo el que significaba el Tíbet, siempre entre lo real y lo onírico, que curiosamente prevalece sobre aquello académico. El celuliode también siguió en este sentido. Tanto Bertolucci (El pequeño Buda) cómo Scorssese (Kundun) nos muestran contextos históricos, pero cargados de simbolismo y de metáforas que familiarizaron al espectador con términos como la reencarnación o la contemplación.

 

Actualmente, en los canales de difusión occidentales se enfatiza demasiado sobre el ‘problema’ tibetano, subrayando su inferioridad respecto al gran gigante asiático. La prensa y los medios han enterrado la verdadera dimensión de aquello que la fantástica tradición tibetana, con el budismo (tan dentro de los tibetanos), ha transmitido desde hace siglos. El Tíbet sigue vivo, aunque sea fuera de sus propias fronteras, es más, el Tibet y su filosofía pueden aportar soluciones prácticas en la resolución de conflictos o la preservación del medio ambiente.

En pleno siglo XXI, el Tíbet se ha transformado en un concepto que transmite ciertos valores, a pesar de que, finalmente, para el gran público Tíbet es igual a budismo (en el término mas superficial) o a problema. Así mismo, los propios tibetanos me han propuesto a través de las fotografías un regreso al arte de la felicidad que tanto han cultivado. La obra ha tenido en mi un poder transformador. Una mirada al Tíbet lejos de los estereotipos, conscientes del gran mosaico que representa hoy el mundo, con sus anhelos, su belleza y sus contradicciones. Ilustres exiliados como el Dalai LamaThubten Wangchen encarnan los valores universales de libertad y compasión, eje de la enseñanza budista.

¿Quieres llevar el Tíbet a tu ciudad?

Portfolio


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